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Parte de mí – Tujuru

Mis ojos llorosos observan tu cuerpo inerte frente a mí… el corazón se me contrae cada vez más. Quiero romper a llorar, pero tú fuiste quien me enseñó a ser fuerte… como tú. Lo último que querrías es verme abatido bajo estos sentimientos. Estoy aguantando mi llanto, pero no dejo de pensar en toda la vida que tú hiciste madurar…

Quien iba ha adivinar, que aquel niñito de pelo claro, despreocupado y travieso, llegaría a convertirse en tu discípulo y gran amigo. ¿Verdad que lo recuerdas? Es todo tan diferente a ahora…

Yo apenas tenía los 8 años… y tú, tan diferente a todos, te dignaste a acogerme en tu casa. No se que viste en mi ser, pero lo has transformado en lo mejor que hay en mi.

Niño huérfano como era, malviviendo en la calle y comiendo aquello que podía, pasaba los días. Cada mañana me levantaba esperando un milagro, alguien que me diese alguna cosa que llevarme a la boca. Pocos eran los que se dignaban siquiera a mirarme. Viento y nieve eran mis sabanas y mi cama, y un trozo de algodón mi mejor amigo. Aquello de lo que me alimentaba… era mísero, aunque poco podía encontrar en una ciudad donde la avaricia y el gentío reinaban sin pudor alguno. Era una vida desdichada, donde cada día luchaba contra la muerte por aguantar un poco más. Así prosiguió todo hasta que un frío día de invierno, te acercaste a mí y cambiaste mi vida.

Un hombre que aparentaba poco más de 30 años se presentó frente a mí, y con una sonrisa me dio un dulce. Eras tú… como olvidarlo. No sabía si aceptar, pero el rugir de mi barriga me hizo reaccionar. Lo cogí y me lo metí en al boca. Me miraste un poco extrañado, y acto seguido una risotada salió de ti. Al verte reír tan fuerte me asusté, pensando en lo peor. Pero al ver mi reacción cesaste y te acercaste más a mí. Me dijiste alguna cosa que no logré entender en aquel entonces. Me seguías hablando, pero mi reflejo demostraba la duda en la que me embarcaba. Si… no sabia de la existencia del lenguaje ni de la escritura. Siempre había sido un niño solitario y pocos son los recuerdos de gente que ha estado junto a mí.

Inmerso en mi mundo de ignorancia, intentaba deducir que era aquello que decías a mi persona. De repente dejaste de hablar, tu mirada dulce y gris se quedo contemplándome, te quedaste totalmente quieto. Tras unos segundos una pequeña sonrisa se postro en tus labios, mientras alargabas el brazo mostrándome tu mano. Para ese signo no hacia falta saber ningún tipo de lenguaje. Asustado de nuevo dudé de tu persona. La vida me había dado demasiados palos, y yo no era persona confiada. Con algún tipo de trama que ahora mismo no consigo recordar, finalmente me llevaste contigo.

Caminamos por varias calles hasta llegar a una casa aparentemente normal. Abriste la puerta y entramos. No sabría describir aquello que encontré en su interior… alegría, infancia, calor… Decenas de infantes corrían por los pasillos, hablaban, reían, jugaban… ¡vivían! Mis ojos se habían quedado como platos al ver aquella escena. Con esa cara de incredulidad y admirando todo aquello, me llevaste al piso de arriba, y nos detuvimos frente a una puerta. Te pusiste a mi altura y me invitaste a entrar mediante unos signos. Esta vez no dudé tanto, aunque los nervios estaban a flor de piel.

Impresionante fue lo que encontré dentro. Era una habitación habilitada para un niño… colores alegres, un armario a la derecha, al fondo podías divisar una ventana que daba al patio interior y bajo ella una pequeña mesa con todo tipo de accesorios, y en el centro residía la cama acompañada por una mesilla de noche con una pequeña lámpara.

Fue cuestión de tiempo descubrir que aquello era una escuela, donde mis futuros compañeros se educaban y a la vez aprendían trucos mágicos y de asalto. Los primeros días fueron muy duros para mi, pero ahí estabas tu para ayudarme. Con los años fui aprendiendo a leer y escribir, hablar correctamente, a invocar las primeras magias… A los 17 años ya dominaba casi a la perfección la mayoría de los hechizos, hasta el punto que un día decidiste llevarme contigo. No entendía demasiado bien que es lo que íbamos ha hacer. Tus ordenes fueron muy claras: “Ponte todo el equipo y prepárate para partir”. Varias preguntas llegaran a mi cabeza, pero preferí que la duda quedara guardada en un rincón.

A los diez minutos bajé por la escalinata que daba la entrada y te esperé allí. Al poco rato apareciste tú dispuesto a llevarme a ese lugar del que no me habías dicho nada. Te giraste hacia mí y con una sonrisa me miraste con tus ojos grises, al tiempo que me preguntabas si ya estaba listo. Con un gesto afirmé, pero en mi interior la indecisión se apoderaba cada vez más.

Caminamos hasta salir de la ciudad. Tomamos un camino que se adentraba hacia el bosque, y ha medida que pasaba el tiempo, más espeso y frondoso se hacia. Buen rato estuvimos andando sin apenas descanso, con una comunicación que se basaba tan solo en tus palabras de apoyo y mi respiración cortada por el cansancio. Empezaba a anochecer, y seguíamos en mitad del bosque sin cobijo alguno, y con la duda de saber a dónde nos dirigíamos. Mientras yo pensaba en todo ellos, te detuviste en seco, tan inesperadamente que por poco no tropiezo contigo. Observaste a los alrededores y te dirigiste a nuestra izquierda donde encontraste una piedra en la cual descansaste. Te seguí con la mirada un rato y poco después me acerqué. Sin apenas tiempo a sentarme, empezaste a hablarme sobre aquella marcha tan extraña: “Bien Tuju, supongo que ya sabrás porque estamos aquí ¿verdad?” No hubo necesidad de respuesta, ya que mi rostro cansado, dudoso y a la vez asustadizo, fueron suficientes para hacerlo. Proseguiste hablando: “Te creía mas perspicaz, pero tampoco es de extrañar, muy pocas pistas te he dado”. Mi duda seguía aumentado. En ese instante me sentía totalmente fuera de lugar, como si conmigo no fuese la conversación. “Pues bien, te he llevado a este lugar para que empieces a familiarizarte en este ambiente de soledad, tranquilidad y también al miedo”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, mientras tú seguías hablando. “Recuerda este momento muy bien, Tuju. A partir de hoy tu vas a ser mi nuevo acompañante en mis salidas”. El corazón me dio un vuelco. ¿Yo, tu acompañante? Sin apenas tiempo a decir nada, todo fue tan rápido… solo una pregunta rondaba mi cabeza ¿por qué yo? “No te asustes, se que te parecerá muy precoz esta responsabilidad, pero creo que ya estas preparado… además yo empiezo a sentirme ya viejo y cansado, y necesito a alguien joven que reemplace mi lugar. Por eso es de suma importancia que a partid de este día te familiarices con todos estos lugares y sentimientos”. Yo seguía extremadamente sorprendido. Tal noticia no es fácil de encajar… y menos de ese modo. En ese momento sentí el peso del mundo sobre mí, ya nada me haría latir mi corazón a tanta velocidad… pero, para mi descontento, me equivocaba.

De entre los árboles que se podían distinguir en la oscuridad, divisé algo que se movía. Tu con un gesto que parecía no inquietarte mucho, te levantaste y dijiste: “Ahí vine”. Más miedo, duda y miles de sentimientos que no lograba controlar. ¿Qué es lo que viene? Poco tardé en descubrirlo. De entre el oscuro follaje apareció un ser con forma de lagarto enorme. Venia directo hacia nosotros, y yo ni siquiera sabía que hacer. Pensé que tú actuarías y que entraría yo después, pero en breve me di cuenta de que aquella prueba la debía superar yo solo.

No se porqué pero por un instante perdí el miedo a todo y empecé a recordad en los libros de texto y las invocaciones mágicas que durante estos últimos año había aprendido. Recapacitando un poco, observé que el ser que se dirigía hacia nosotros era el Khazard, bestia inmunda que habita en los frondosos bosques y las junglas. Miré por última vez tu rostro, era un semblante serio pero a la vez inspirador de confianza. Debía tranquilizarme y pensar en mis movimientos, aunque no era nada fácil. Me protegí con un hechizo que hacía aparecer una pantalla de viento transparente y preparé el posterior ataque.

Estuve varias horas combatiendo con el enemigo, pero conseguí derrotarlo finalmente. Exhausto de fuerzas, me senté en la piedra mas cercana e intenté coger mucho aire. Estaba realmente cansado, tanto que apenas podía hacer otra cosa que no fuese respirar. Miré la luna y las estrellas a lo alto del cielo y me tumbé. En ese instante te acercaste a mi y en voz clara y rotunda dijiste aquello que haría las bases de nuestra amistad: “Sabía que no me equivocaba, Tuju”. Un poco extrañado, pero a la vez alegre, te observé. Con algo de esfuerzo conseguí levantarme y reemprendimos el camino hacia un lugar que no tenía punto de llegada.

Desde entonces nunca me he separado de tu lado, aprendiendo de ti. Sin pensar me enseñabas a reaccionar al calor de tu lumbre y tu voz. Con el tiempo iba ganando confianza y fuerza, y aunque tú con un bastón que te ayudaba a caminar cada vez te sentías más débil, yo sabía que eras duro como yo.

Pero este día llegó. Sabía que algún día ocurriría, pero… nunca quise afrontarlo. Era temprano, y yo salí por algo de comer. Poco estuve lejos de tu compañía, pero la suficiente como para que se apagara la luz de tu ser. Al volver ya encontré tu cuerpo sin vida, postrado sobre el árbol donde descansaste toda la noche. No podía hacer nada ya, aunque dentro de mi ser, algo ansiaba salir.

Llevo aquí varios minutos observando tu cuerpo sin vida, postrándome impasible aunque no lo quiera… se que ya es el momento de marchar… pero no quiero hacerlo.

Sacando fuerza de algún lado, me alejo de ti. Pequeñas gotas se funden en el polvo del camino provocado por el sollozo, la pena y el sentimiento que siento al darme cuenta de que tú ya nunca más volverás. Mientras me dirijo en sentido contrario al que yace tu cuerpo, me viene a la mente aquella canción que de pequeño me cantabas. Las lágrimas empiezan a salir con más frecuencia de mí. No puedo, no quiero!!… me vuelvo por última vez hacia ti, un último vistazo. Desde lo mas hondo de mi ser sale un grito seguido de un llanto. Me postro arrodillado en el centro del camino, cabizbajo y con las lágrimas de resbalando por mis mejillas. Levanto la mirada, te miro, y en voz baja decido decirte aquel adiós que nunca esperaba nombrar.

Ahora me toca a mí seguir tu camino, armarme de valor y mirar adelante sin temor a ese miedo que te ha arrancado de mi lado. Y como tú me enseñaste seguiré caminando por la vida, sin volver la vista atrás, nunca dejando una batalla, luchando siempre hasta el final… viviré pelando con la vida y por la vida… Se que será lo más duro afrontado hasta el momento, pero con tu ayuda lo conseguiré… ahora ya formas parte de mi, para siempre.

Hoy sigo camino en busca de quien te separó de mi lado, vagando como caballero del tiempo… aliado del viento… soy tu alma en pena, el guardián de tu fe.